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El sabor "a corcho":

Verdades y mitos de este temido mal del vino.

En un restaurante de la costa mediterránea se demanda un blanco de una conocida bodega de la zona. Tras descorchar la botella uno de los comensales prueba, piensa y calla. Otro bebe y comienza a comer. El tercero prueba y exclama: ¡Este vino sabe a corcho! El camarero retira la botella, cambia las copas y abre otra: ¡Ahora sí! -proclama el entendido y todos asienten.

Esta escena se repite más a menudo de lo deseado, aunque no siempre con tan buen final. A veces los comensales no reconocen el defecto en el vino, otras no se atreven a exigir que se les cambie la botella, otras el camarero o maître se siente ofendido por pedir que se retire el vino que ha servido... tantas veces preferimos no amargarnos la comida con una discusión desagradable.

El temido sabor a corcho es objeto de debate tanto entre los bodegueros y enlógos como entre los consumidores y restauradores

El corcho acompaña al vino desde que la botella de vidrio se convirtió en el mejor contenedor para las pequeñas cantidades de vino. Dicen que fue dom Perignon quien aplicó con éxito y popularizó el tapón de corcho desde que lo viera en algún monasterio del Pirineo catalán.

Lo cierto es que las cualidades del corcho hacen de éste el mejor aliado para el taponado de la botella: es flexible, ligero, impermeable e inocuo, un perfecto aislante, en suma. Pero a diferencia del aséptico vidrio cuyo papel nadie cuestiona, el corcho es objeto de ataques por los problemas que causa y hoy la mayor baza a su favor reside en su carácter natural, hasta tal punto que si no ha sido desplazado por los novísimos materiales sintéticos ahora disponibles es quizá por ser un producto biológico: nadie aceptaría un vino de calidad taponado con otra cosa que no fuera el entrañable corcho de alcornoque, y es que el vino exige compañeros que hayan nacido de la tierra como él mismo.

Además si alguna vez el corcho fuera sustituido por algún nuevo material que conservara sus cualidades y que estuviera libre de sus defectos, ¿a quién podrían los bodegueros señalar como culpable cuando apareciera de nuevo el temido “sabor a corcho”?

En realidad, el corcho no es la única causa posible de este defecto en el vino. El olor sabor y corcho responde a la presencia en el vino de compuestos como el tricloro anisol o el tetracloro anisol, cuyo origen puede ser diverso. Se han identificado otros causantes de este problema como pueden ser residuos de pesticidas aplicados al viñedo e incluso cartonajes para el embalado de botellas con pegamento a base almidones. Veamos cada uno de estos factores por separado.

El tejido alveolar del corcho está atravesado por unos canales llamados lenticelas, por las cuales el corcho pierde su impermeabilidad. En su interior están llenas de polvo de corcho rico en taninos y también frecuentemente contaminadas por mohos. Si este polvo de los tapones cae al vino bien durante el proceso de taponado o bien durante el descorche de la botella, puede transmitir el mal sabor al vino.

Los fabricantes de corchos son cada vez más cuidadosos con los procesos a que someten las planchas de la corteza del alcornoque e intentan suprimir el proceso de proliferación de hongos que sufrían después de hervidas y que a veces hacían aparecer aquellos compuestos clorados de desagradable aroma. Los estrictos controles y tratamientos en el proceso de fabricación del corcho buscan presentar el tapón al bodeguero libre de microorganismos que puedan transmitir olores y sabores extraños al vino. De hecho, la clasificación del corcho tanto en las planchas como en los tapones se basa en gran medida en el menor número y menor grosor de las lenticelas, en las cuales pueden residir los mohos. Por ello, un tapón de mayor calidad siempre contribuye, aunque no imposibilita, la aparición del problema.

El bodeguero, por su parte, debe extremar el control de calidad de los tapones que entran en la bodega, debe evitar almacenarlos en grandes cantidades e incluso cuidar su almacenaje en local separado de las barricas y de los cartones de embalaje. Ante la dificultad de descubrir mediante análisis el tricloro anisol, el maestro de enólogos Manuel Ruiz Hernández nos tramite este truco para detectar extraños sabores en las partidas de corchos: se tritura una muestra aleatoria de tapones en una picadora y se mezcla con vino, al cabo de veinticuatro horas se prueba el vino y si sabe o huele mal se rechaza la partida de corchos.

Por otro lado, los residuos de pesticidas que desde la viña llegan al vino son responsabilidad, en primer lugar, del viticultor, a quien compete respetar las dosis y los plazos de seguridad recomendados en los tratamientos. Es ésta una tendencia que cada vez se potencia más y que da tan buenos resultados en aquellos viticultores que se decantan por cultivos ecológicos. La bodega es también por su parte responsable de controlar la calidad de la uva que elabora, bien sea propia o adquirida, siendo cada vez mayor el número de bodegas que contratan de antemano con el agricultor las condiciones de cultivo que desean para la uva que se comprometen a comprar.

Las cajas de cartón para botellas están formadas por dos capas unidas por una estructura ondulada y el almidón es muy a menudo la base del adhesivo. Si se almacenan en ambiente húmedo pueden generar mohos que después afectarán al vino embotellado. También el cartón puede ser el transmisor de los olores a moho generados en otro foco durante el almacenaje. Además si la caja de cartón está satinada por el exterior el problema se acentúa. Y curiosamente, el olor a moho se transmite a las botellas no cuando el cartón está húmedo sino cuando comienza a secarse.

Es, por tanto, más correcto hablar de “olor y sabor a moho” que “olor y sabor a corcho”, y aunque no es fácil eliminar por completo el problema, es preciso que la bodega guarde esas pocas normas elementales para reducir al mínimo la probabilidad de sufrir este mal.

Por último, hay que reconocer que el consumidor final del vino tiene muy pocas armas para luchar contra el “sabor a corcho” (o “a moho”). La primera consiste en respetar las normas básicas de conservación y servicio del vino: almacenar las botellas siempre horizontales para que la burbuja de aire interior no esté nunca en contacto con el corcho, cortar la cápsula de estaño por debajo del anillo del cuello de la botella, limpiar con un paño que no deje pelo la zona descubierta incluso antes de extraer el tapón, (especialmente si es un vino viejo), descorchar la botella con sumo cuidado de no atravesar por completo el tapón para evitar que caigan partículas de corcho sobre el vino, realizar el degüelle de la botella vertiendo un poco de vino aparte mediante un giro de muñeca antes de servir las copas...

De cualquier modo, estas reglas sólo le pueden servir al consumidor para evitar crearle él mismo el defecto al vino transmitiéndole micelios agazapados en el tapón, porque si el vino viene ya con el problema nada puede hacer para curarlo.

Es entonces cuando ha de echar mano de la otra arma: encomendarse a Dios y solicitar educadamente en el restaurante o en la tienda que le sea cambiada la botella.

Suerte y salud.